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Cómo fue que entre tú y yo
las cosas sin importancia
dejaron de importar.

¿Cómo fue que las charlas se secaron,
que las miradas se apagaron?

Cómo llegamos a esta fina capa de óxido
que interfiere en nuestra transmisión?

Ciertamente no fue de un día para otro;
¡no fue culpa de uno solo!
Es un entumecimiento que nos aletarga,
una pasividad que nos insensibiliza.

Un enmaderamiento de mis piernas si pretendo acercarme,
Un enmetalicamiento de mis brazos si pretendo abrazarte.

¡Pero estamos bien! (Pero vamos mal)
¡Estamos! (pero sabemos que no estaremos).

A menos que hagamos algo.

O nos terminemos de hundir en este tibio pozo de lodo,
donde estamos cada vez mejor en el estar cada vez peor,
contemplando el embarramiento de nuestras vidas
mientras cada uno se repite
como si fuera algún tipo de mantra:
“ya se me ocurrirá qué hacer”

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Transmisión

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Si la vida no te da flores
crea tus propias flores.

Si la vida no te da sol
inventa un sol en tu interior.

Si la vida no te da frutos por tu esfuerzo
tal vez estás esperando el fruto equivocado
porque siempre hay un motivo para sonreír.

O tal vez nunca hubo motivos
y siempre se sonríe porque sí.

Y es la sonrisa la que crea esos motivos
que tan tristemente
nos quedamos esperando.

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Sonrisa

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En este mundo
de topológica complexidad
muchas veces es difícil entender
quién está preso de veras.

La sutil diferencia entre una pasión,
y una adicción;
entre un amor,
y una obsesión,
entre una ilusión y un deseo.

Y así vivimos condenados a la ignorancia,
a no saber de qué lado del alambrado estamos.

Y aprendermos a querer nuestra cárcel,
y a defenderla como una casa,
o nos quejamos de nuestro pasado,
pero seguímos afferrados a él.

Pero en la vida siempre hay una salida,
y alguna puerta siempre estará abierta.

Detail, Español, nature

Prisión

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Español, nature

El Perro

El perro estaba muerto. Al principio podría haberme confundido, podría haber estado tomando sol, como hacen a veces los perros, en la vereda, pero a medida que me acercaba comprobé que no se movía. Eso tampoco era raro, algunos perros también hacen eso, quedarse quietos por horas en la misma posición, a veces incomprensiblemente bizarra. Pero fue entonces que vi la muerte en los ojos de la gente: nadie miraba al perro (¿cómo no vas a mirar a un perro en la calle tirado panza arriba tomando sol?): tenía que ser la muerte. Sólo cuando estaba a diez pasos vi las moscas y entonces la respuesta se confirmó. El perro estaba muerto.

Sólo yo miraba al perro, nadie más. Un nene de unos 4 o 5 años lo señaló un momento con la mano pero el padre lo hizo caminar rápido con un tirón en el brazo. Era un perro mediano, regordete, de esa raza que no es ninguna raza pero que a su vez es todas las razas. Parecía bien alimentado, color blanco sucio, de ese blanco que algunos llaman natural, o marfil: el color que tenían las cosas blancas antes de que llegaran los super blanqueadores, los plásticos y las pinturas al látex. No se le veía el hocico ni la cara ya que tenía la cabeza hacia atrás como paralizado en el acto de revolcarse en el piso pidiendo mimos o rascándose la espalda. Tenía manchas marrones en las patas, lunares en la panza. No se veía sangre por ningún lado, no se veía dolor, sólo se veían las moscas y la inmovilidad y las miradas de la gente que, apenas comprendían, la alejaban y se alejaban tratando de olvidar el asunto lo más rápidamente posible.

No sé por qué me acerqué, había moscas, heraldas de la muerte, pero no había olor: debía haber muerto hace poco. Por su situación, tirado en un canterito en la vereda al costado de la avenida, no era difícil imaginar que lo habían atropellado. Un destino triste: morir, dejar la existencia, la felicidad de respirar, el mundo de colores y de olores que nos ofrece la primavera, con un golpe, de alguien demasiado apurado para llegar a ningún lugar, o alguien distraído que no debería estar manejando, o alguien que disfruta haciendo estas cosas sabiendo que no hay consecuencias para su maldad. Fue entonces que reconocí al perro.
Al acercarme y darle la vuelta lentamente con la punta del zapato (las miradas que no miraban al perro ahora me miraban a mí) le vi la cara y lo reconocí como un animal que había visto muchas veces en el barrio, uno que siempre estaba de buen humor, que nunca era agresivo y que todos alimentaban y querían. Nunca supe su nombre, o tal vez el nombre es una cosa humana y a ellos no les importan los nombres, porque no se sienten individuos sino manada, excepto esos pobres perros humanizados que te ladran enloquecidos a través de las rejas para dejar bien claro que ese pedazo de patio, su prisión, es en realidad propiedad de ellos.

Lo curioso es que yo conocía al perro desde cachorro, pero sólo en ese momento me daba cuenta del largo hilo que me unía con ese callejero. Hace unos diez años lo tenía una familia que vivía cerca de mi casa. No era un perro de la calle, lo cuidaban y lo sacaban a pasear, haciendo turnos, el nene y la nena. Todas las mañanas, cuando yo salía para la facultad, estaban los chiquitos (habrán tenido entonces unos 10-12 años) con el cachorrito yendo hacia la plaza, y a las tardes cuando volvía, solía encontrármelos también, jugando con el perrito en la vereda. Tal vez supe su nombre—seguro que lo llamaban todo el tiempo y debí escuchar su nombre—pero me condena una mezcla de mala memoria y no haberle hecho caso a lo que a fin de cuentas “era sólo un perro”. Así pasó casi un año y la familia se mudó, al norte, o al sur, no me acuerdo. Muy amables, vendieron en el barrio las cosas que no se podían llevar y trataron amorosamente al perro hasta el último día. Todos asumimos inconscientemente que se lo llevaban. Sólo meses después relacioné al perro sucio y llorón que se me acercaba a veces cuando cruzaba la plaza con aquel perro feliz que yo siempre había ignorado, o tal vez acariciado un par de veces.

Y fue allí que comenzó la verdadera vida del perro. Porque después de unos día, o meses, de miedo, de hambre y de frío, el perro salió adelante: ahora conocía al hombre mejor que los perros de la calle, que lo ven como una hiena vería a un león, y están prontos a saltar sobre sus sobras, y también mejor que los perros de la casa, que se creen de alguna forma humanos, parte de la manada humana, y luchan y hasta dan la vida por sus dueños, con un amor que no siempre es correspondido. Este perro de alguna forma se consideraba igual a la gente del barrio: no se humillaba, no pedía, no robaba. Se sentaba cerca de uno y te hacía comprender con la mirada que un paquete de galletas entero era mucho para una persona y que después te iba a doler la panza; que no querías terminar esa porción grande de tarta con la que llevabas 5 minutos jugueteando; que tirar tanta comida perfectamente comible en la basura era un desperdicio; en resumen, que dar lo que a uno le sobra o lo que uno no quiere, no es sacrificio. A cambio el perro te ofrecía su tiempo, que era mucho. Si estabas triste se quedaba a tus pies toda la tarde mientras tomabas mate en la plaza. Si jugabas al fútbol se quedaba mirando el partido y en algunos casos se dijo que fue a recuperar algunas pelotas que se escapaban rápido hacia la calle. La presencia del perro no era conocida por todos, la mayor parte de la gente sólo veía un perro y no le prestaba más atención, es increíble cómo mucha gente no ve más allá de sus preconceptos. A veces desaparecía por semanas y el mundo continuaba siendo el mismo, un poco más descolorido para gente como yo, pero más que extrañarlo, uno se extrañaba de no verlo, como si faltara una estatua en la plaza, o hubieran pintado los bancos de otro color.

Porque ese es el secreto—nuestro secreto—que el perro había comprendido tan bien: nadie lo iba a adoptar. Nadie lo iba a cuidar, ni bañar ni alimentar. Nadie lo iba a sacar a pasear. Esa era la desolación de la libertad. El saberse libre, independiente y en última instancia solo. Y aceptar su propio destino. El perro dormía en la calle, nunca supe dónde, tal vez en varios lugares, tal vez pasaba frío en invierno, casi siempre estaba cerca o en la plaza, aunque algunas veces llegué a entreverlo lejos, en otros barrios, pero puede que me haya equivocado, ya que como dije, no le prestaba atención.

Es notable cómo las cosas más importantes del día a día (ir al trabajo, hacer las compras, tomar el colectivo a tiempo, limpiar, lavar, etc..) son las que se olvidan más pronto. Mis mejores recuerdos de estudiante son los días en los que perdí una tarde de estudio para hacer otra cosa, como salir con alguien, hacer un viaje inesperado a una ciudad vecina, acompañar a un amigo al hospital, etc… Es increíble pensar que haciendo lo correcto perdí mi vida (perdí el recuerdo en mi memoria de los días en que me quedé haciendo lo que tenía que hacer) mientras que recuerdo nítidamente las veces en que hice lo que no debía, pero realmente quería hacer. Lo curioso es que el perro fue un compañero casi constante en esas escapadas. No un compañero activo, sino más bien una presencia, que estuvo ahí los momentos de mi vida que terminaron siendo los que recuerdo con más cariño: la veces que me escapé de teóricos en la facultad con la que después iba a ser mi novia, para tomar mate en la plaza, o tomar un café: siempre aparecía el perro, se quedaba un rato con nosotros, se comía una medialuna y seguía su camino; el tiempo en que me iba caminando al trabajo porque no llegaba a fin de mes con la plata y estaba ahorrando, varias veces el perro me acompañó las 30 cuadras, con ese paso—a saltitos—que tienen los perros cuando caminan lejos, cruzando las calles como la gente, mirando a ambos lados, a veces caminando al lado mío, a veces un poco adelante, sólo para demostrarme su apoyo; cuando conseguí mi primer trabajo en lo mío, me fui a comer un sandwich de bondiola y una cerveza, sentado en una mesa de un puesto en la calle, y vino el perro, compartió mi alegría, mirándome como te mira un pariente viejo que te conoce tanto que no necesita decirte nada, y se fue relamiéndose de un pedazo de carne que le di pero que por supuesto nunca me pidió. También el día en que me dejó la que fue mi novia. Entonces se acostó al lado mío en el banco de la plaza y se quedó conmigo mientras se me escapaban lentamente las lágrimas por debajo de mis anteojos oscuros. Ese día lo habría abrazado, pero estaba sucio y no lo quise tocar.

Fue entonces que entendí que ese perro no podía pudrirse así, entre las moscas tirado en la calle, entre miles de personas que sentirían pena, vergüenza o asco pero que no harían nada hasta que pasaran los basureros y lo revolearan en un camión que lo compactaría entre latas de cerveza vacías y pañales llenos de caca para terminar dejando sus pobres huesitos todos rotos en un basurero municipal. El perro se merecía algo mejor. Y yo, que nunca lo había sabido querer en vida, se lo iba a tener que dar en la muerte. Así que fui y lo tomé entre mis brazos. Yo, que por años nunca lo había querido tocar, tomé su cuerpo inerte. entre mis manos. Sentí una mezcla de asco, revulsión y pena de llorar a gritos. Era más pesado de lo que pensaba, y ya debían de haber pasado algunas horas de muerto porque al tocarlo sentí un olor que me inundó la mente y que aún recuerdo. Estaba rígido, como haciendo fuerza, no era el cadáver flácido que esperaba encontrarme. Dije entre murmullos que era mi perro y me lo llevé. Alguna gente respiró aliviada al ver cómo ser resolvía la situación inquietante y desagradable y sin pensarlo más volvieron a su rutina cotidiana olvidando completamente el asunto.

Caminé 12 cuadras así, con el perro entre los brazos. Por suerte no había sangre: tal vez la hemorragia había sido interna y simplemente el golpe lo había matado. No quise pensar en la posibilidad de que hubiera sido intencionalmente envenenado o algo aún peor. Mientras tanto yo sostenía el perro contra mi pecho como si fuera un niño y su cuerpo nauseabundo contra mi camisa y el saco del trabajo. Pero no me importaba. Tenía que llegar a casa con él. Mucha gente me miraba con asco, alguna gente con dolor. Varios cruzaron de vereda al ver a este señor con traje y corbata abrazando un perro muerto, acosado por las moscas. No me importó. Los músculos de los brazos me dolían, mi respiración era jadeante, entre el olor, las moscas y el terrible esfuerzo. La parte del perro donde le había estando dado el sol estaba caliente, como con vida, el resto estaba frío, glacial. En ese momento no lo pensé , pero caminé 12 cuadras con la muerte contra el pecho. Finalmente llegué a casa y deposité suavemente al perro afuera, en el patio de atrás.

En el momento en que lo agarré no pensé en dónde lo iba a enterrar, sólo quería salvarlo de la indiferencia que había marcado su vida, de la maquinaria moral de gente que lo alimentaba sin quererlo, sólo para sentirse mejor ellos, para paliar la miseria de sus propias vidas, de gente que lo acariciaba sin importarle su suerte. Vivo se supo defender del daño de esas buenas acciones, muerto me necesitaba. Mi patio era de cemento. No podía enterrarlo allí. ¿Qué hacer? Mientras me duchaba para sacarme el olor comprendí la única solución posible. Tenía que enterrarlo en la plaza, que desde el principio había sido su hogar y su vida, y tenía que hacerlo esa misma noche. Iba a tener que ser muy tarde, cuando los borrachos y los vagabundos estuvieran ya dormidos, para que nadie me viera; iba a tener que ser rápido para que la policía en su ronda no me encontrara. Le pedí una pala prestada a un vecino—una pala corazón—y decidí esperar a la noche. Mientras tanto el perro seguía dando olor y atrayendo moscas así que lo lavé con cuidado en la bañera, primero con jabón de lavar la ropa, pero luego también con shampoo y acondicionador. Eso era algo que tantas veces habría podido haberle hecho en vida pero que no había hecho. Sacrifiqué luego una camiseta mía blanca y lo envolví con ella como mortaja. Lo dejé sobre la mesa de la cocina y encendí una vela. Puse el despertador a las tres de la mañana pero quise quedarme ahí velándolo. Sin embargo pronto caí en un sueño inquietante que no consigo recordar.

Me desperté de golpe, con el despertador, vi todo oscuro, me dolía el cuello, tenía frío. Por un instante no entendí dónde estaba ni qué hacía dormido en mi cocina, luego lo recordé. Me puse una campera, la noche había refrescado bastante, y corría viento. Tomé el perro amortajado entre los brazos—ahora ya se sentía como una bolsa de papas— y envolví la pala con una tela para no llamar la atención. Así cargado caminé las cuatro cuadras que me separaban de la plaza. No había ruidos, ni nadie en la calle, no dije ni una palabra, creo que no pensé en nada. El viento estaba cada vez más frío. En la plaza comencé a buscar un lugar dónde enterrar al perro, estuve unos minutos pensando dónde hacerlo, un lugar oscuro, lejos de los faroles, sin hierba para que no se notara el pozo, y un lugar que le habría gustado al perro. Encontré finalmente un lugar debajo de un gran árbol, un lugar donde lo había visto echado muchas veces, tal vez su lugar favorito, lo habría sabido si le hubiera prestado atención. Comencé a cavar.

En las películas la gente enseguida cava fosas enormes y casi sin esfuerzo entierra tesoros y cadáveres, pero todo el que haya tenido que hacer un pozo de más de veinte centímetros de profundidad sabe lo difícil que es hacer un pozo profundo. Enseguida la tierra se pone dura como piedra y avanzar unos centímetros se convierte en una tarea difícil, además se encuentran piedras que hay que mover y sacar y raíces que molestan. Sin embargo tenía que enterrarlo profundo, no podía arriesgarme a que una parte se destapara y lo encontraran y lo desenterraran, o que en unos meses o años alguien encontrara su cuerpo semi descompuesto. Había decidido hacerlo y lo tenía que hacer bien. Así que cavé y cavé hasta que saqué una montaña de tierra haciendo un pozo donde yo entraba hasta las rodillas. Entonces empezó a llover.

En verdad hace rato que ya estaba lloviznando, sólo que no me había dado cuenta, ajetreado como estaba y sudando por el esfuerzo. Cuando bajé el cuerpo hacia el fondo del pozo ya era una lluvia fuerte. Los relámpagos empezaron cuando había comenzado a cubrir el pozo con la tierra. Trabajé más rápido, bajo el agua que caía sobre mi cabeza, Golpeaba la tierra con la parte de atrás de la pala y la pisoteaba para que entrara toda y que no quedaran rastros, no quería que nadie viera la tierra removida y al día siguiente decidiera ver qué habían enterrado ahí. Estuve más de diez minutos tratando de cubrirlo lo mejor posible. Fue arrodillado ahí adelante del montón de tierra, apretándolo con las manos, tratando desesperadamente de cubrir mis huellas que me di cuenta que no estaba solo. En un momento, después de un relámpago miré a mi alrededor y vi que había más de 30 perros. Todos calmos, observándome con la mirada paciente que tienen los animales cuando están bajo la lluvia, probablemente estaban ahí desde hacía rato, habrían llegado de a poco pero sólo entonces los veía. Era un espectáculo fascinante. Algunos perros estaban sentados, otros echados, la mayoría de pie. No me miraban directamente sino que miraban la obra completa, ninguno se movía. En todas las miradas vi reflejada una dignidad que nunca había visto en perros de la calle. Me levanté lentamente, mis lágrimas salando el agua sobre mis mejillas y me volví a mi casa empapado cargando la pala envuelta y el corazón deshecho.

Pasaron ya dos semanas desde los hechos que les conté, desde entonces muchas cosas cambiaron, en mí, en el barrio. Sucedieron varios milagros. Paso todos los días adelante del árbol donde enterré al perro, y el árbol floreció. Yo sé que eso no es extraño que un árbol florezca en primavera, pero ahora sé reconocer un milagro cuando lo veo. La lluvia también fue un milagro. Fue un temporal de viento y de lluvia, cubrió mis huellas, rompió ramas de los árboles de la plaza y de las calles y obligó a los jardineros de la plaza a agregar tierra para tapar los daños del agua. Ahora el perro estaba a salvo. Nadie lo encontrará hasta que se funda con la tierra. La lluvia también me protegió, ya que evitó que los policías hicieran la ronda a pie por la plaza, donde seguramente me habrían visto en circunstancias sospechosas. Y también están los perros. Por todos lados. Los miro. Porque ahora presto atención. Ellos me miran, me reconocen. No me piden comida, no me acosan, pero están siempre allí, siempre. Ahora entiendo que soy parte de la manada de los hijos del perro. Que siempre fui parte de su familia, porque el amor no se elige, no se gana, y sobre todo no se compra. Entendí que el perro siempre me había amado. Porque uno nunca adopta a un perro, son siempre ellos los que lo adoptan a uno.

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Yo podría intentarlo.
Arrancarte las plumas de un ala,
y tenerte en un corral,
cacareando como las gallinas.

Yo podría intentar comprarte,
con dinero,
con cosas,
o con el qué dirán.

Yo podría intentar manejarte,
controlar tus emociones.
Cortar tus amistades, denigrar tus hobbies
para así atraparte,
en una trampa que fuera yo.

…o hacerte responsable
de mi dependencia por vos
para que te quedaras
por culpa,
o quizás por simple costumbre.

Podría también intentar
asustarte con la soledad,
para que eligieras mi triste morada
en esa vastedad,
fría y límpida,
del universo
de las posibilidades.

Y podría intentar decirte, mintiendo,
que nunca encontrarás a alguien como yo,
que te quiero,
que te necesito,
o que me querés,
que me necesitás.

Yo podría intentar todo esto, e incluso más,
no hay límites para la desesperación.
¡Pero qué triste victoria ganarte,
perdiendo todo lo que amo de vos!

Por eso te quiero libre,
te quiero fuerte,
valiente
e independiente.

Sé que puedo perderte.
y aún así, aunque te quiera conmigo,
quiero que puedas vivir sin mí.

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Conmigo

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En el día de los muertos quiero homenajear a la gente que ya no está. Sobre todo a la gente que me ha hecho quién soy ahora.

A mis parientes lejanos, antiguos, que nunca conocí. Que llevaron vidas diferentes a la mía en tiempos remotos. Con los que nunca hubo amor ni cariño y con los que nunca habrá, pero con quienes me une la cadena del amor más fuerte del mundo, de padre a hijo, de madre a hija, generación tras generación. Gracias por ser quienes fueron, por más que yo ignore lo que hicieron. Ya que de sus vidas y sus luchas yo soy un resultado.

A la gente que conocí y que murió. Amigos y conocidos que desaparecieron. Con ellos murió un pedazo de mí. El pedazo que compartía con ellos, que pensaba como ellos que me unía a ellos. Quedó como una astilla seca, carcomida, que me hacía daño. Me debatí mucho tiempo pensando en la culpa y en la voluntad, y entendí el significado de la frase “nunca más”. Luego, como una rama podrida bajo el peso de la nieve algo dentro de mí se partió y eso me permitió volver a vivir, cada vez. Gracias por haber existido en mi vida y por haberme permitido existir en la suya.

A mis parientes cercanos, que ya no están. Es un signo de mi edad, que ya no es poca, darse cuenta que quien siempre estuvo ahí, ya no lo estará más. Los homenajeo con el enorme amor que les tuve en vida y el remordimiento de nunca haber sido capaz de demostrárselos como ahorra querría hacerlo, tal vez las cosas grandes se ven mejor a la distancia. Ellos están ahí, son un pedazo de mi ser, como una luz tibia en el recuerdo y que cuando brilla me hace sonreír.

Por último quiero homenajear a mi propia muerte, que siempre está ahí, que no descansa, como una cazadora paciente y sabia. Ambos sabemos que voy a caer y eso nos hace de alguna manera cómplices, como un anciano que ve cuando un niño comete una travesura, pero no dice nada; como una pareja en un juego de seducción. Gracias por darme un tiempo de vida y un sentido de urgencia. Gracias por darme poder sobre mi propia vida, poder que perderé, gradualmente o de golpe, pero que puedo disfrutar ahora. Y gracias sobre todo por darme consciencia de mi propia fragilidad, y de mi caducidad, o habría pasado mi vida como tanta gente, perdiendo el tiempo, negando la realidad. Hasta la muerte.

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Muerte

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No está el equilibrio en la roca,
sino en el agua.
Porque la roca resiste,
el agua fluye.
La roca permanece,
el agua se va, pero otra viene.

No está el equilibrio en lo inmóvil
o en moverse y preocuparse,
siempre en un mismo lugar.

Sino en la búsqueda constante
de perderse en torbellinos de emociones.

Ya vendrán las aguas calmas,
y sonreiremos
con esa sonrisa que tienen
los que realmente han vivido.

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Equilibrio

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